El encuentro Imposible

El reloj del renault 5 de tres puertas, color ojo, algo ya desteñido por el tiempo y las condiciones climatológicas a las que su dueño, el cual no podía pagarse el alquiler de una cochera, le había expuesto, marcaban las dos de la mañana, en la radio sonaban las últimas noticias deportivas que describían con masculina voz como el levante había vapuleado al Barça hacía apenas una hora, y todo, en aquella pequeña carretera comarcal, estaba oscuro salvo lo que los faros del coche iluminaban.

Así era la vida de Esteban Palacios, comerciante de plásticos y habitante de la ciudad de Cáceres, casado desde hacía diez años, con dos hijas a las que adoraba, de diez y nueve años, y cuyas efigies estaban colocadas en el salpicadero de su coche junto a la imagen de la Virgen de la montaña, la patrona de la que había sido su ciudad desde siempre, y la cual, él confiaba, le guardaba y protegía en su ya rutinario camino hacia el trabajo y hacia casa.

Hacía ya dos años que desempeñaba aquel trabajo, y jamás había tenido ni un sobresalto, ni un volantazo, ni siquiera algún atropello o encontronazo con algún jabalí o liebre que se hubiera extraviado de su madriguera, nada.

Y aquella noche no tenía que ser diferente, quería llegar a casa y descansar, pues al día siguiente, a las cinco de la tarde, volvería a subirse a aquel coche para recorrerse de nuevo las empresas de empaquetamiento y las fábricas de los pueblos colindantes contratando adeptos para la empresa de plásticos en la que trabajaba.

Por suerte mañana era viernes, y pasado mañana podría descansar.

La imagen surgió ante él poco a poco, y no le sorprendió más de lo que debía sorprenderle el ver a un viandante apostado en aquella carretera, sin iluminación ninguna, a aquellas horas, pero comprendía que sí, había gente tan loca como para caminar por esos lares sin ni siquiera un chaleco reflectante.

Por seguridad, aminoró la marcha, lo último que quería era siquiera rozar con su vehículo a aquel peatón, giró el volante unos centímetros para dejar espacio entre él y el desconocido, y, por curiosidad más que por otra cosa, giró la cabeza hacia el que parecía detenido en el arcén, quizás necesitase ayuda, quizás podría acercarlo hasta Cáceres, ya que no eran horas ni era lugar apropiado para estar allí, a aquellas horas de la madrugada.

Cuando ya casi estaba a su lado su corazón se encogió de pronto, algo le hizo intuir que aquel sujeto no era un sujeto normal, permanecía estático, como una estatua, como una estaca oscura y apagada, no desprendía luz alguna y tampoco parecía no distinguirse ropa alguna en su cuerpo, era todo negro como aquella noche.

Esteban no podía dejar de apartar los ojos de aquello, sin formas distinguibles, sin rasgos, solamente una mole negra como de barro, que estaba allí, quieto, sin mover siquiera un músculo.

Pasó de largo y, casi por instinto, miró la fotografía de sus hijas.

¿Qué era aquel ser? ¿Acaso estaba siendo fruto de una broma? Él siempre había sido un hombre escéptico, le gustaban las películas de terror y ciencia ficción, como a todos, pero solo eran eso, películas, producciones de alguien con dinero de Hollywood, pero aquello… aquello no era normal.

Decidido, echó a un lado su coche, estaba claro que lo que había visto tendría que ser una estatua, algo colocado allí para un fin, quizás un espantapájaros, pero, ¿A un lado de la carretera? ¿Qué era lo que querían espantar? ¿A él?

--Podría ser que alguien quisiera ahuyentar a los ladrones de su finca-- pensó, aquello sería una explicación lógica.

Por dentro se sentía como un detective privado cuando bajó del coche, sintiendo una emoción por descubrir aquel dilema, ya pensaba que sería alguna estupidez y se imaginaba contándoselo a su familia en el desayuno, riéndose, cuando vio algo que le detuvo y le heló la sangre de su cuerpo, vio como aquella figura giró unos centímetros hacia él, como si hubiera caído de repente en su presencia.

Y allí, a apenas un metro de ella, pudo verla con detenimiento, toda negra, de cuerpo alto y esbelto, de casi su altura, no poseía rostro ni pelo, su torso era un cono invertido, opaco y negro y si, poseía brazos, pero no piernas, o al menos era algo parecido a extremidades, que salían de aquella antinatural anatomía, su cabeza era un óvalo del mismo color que su cuerpo, sin ninguna facción distinguible.

Esteban volvió a quedarse petrificado, mirando aquella cosa que no conseguía explicar que era, con voz entrecortada y el corazón palpitando desobediente de miedo, logró balbucear algunas palabras.

--Quien eres—dijo—Qui… quien eres.

Comprendió al instante que a lo que fuera que le estaba hablando no iba a responderle, pues ya había comprobado que no poseía rostro alguno y era inútil intentar comunicarse con él.

Lo miró de arriba abajo sin poder siquiera parpadear y entonces, recayó en un detalle que no había visto hasta ese momento, esa cosa no tenía pies y, a pocos metros del suelo, levitaba como sostenido por una fuerza milagrosa.

Aquel detalle fue el que le apremió a correr, el que lo despegó del suelo y le hizo huir hasta su coche, aparcado donde lo había dejado, con las luces puestas y la radio encendida.

Corrió atropelladamente y giró la cabeza no una, ni dos, sino tres veces para comprobar que no estaba loco, que lo que había visto continuaba allí, estático, y al parecer mirándole, fue cuando ya casi estaba tocando su viejo Renault 5 cuando vio que aquel ser preternatural comenzó a moverse, y comenzó a moverse hacia él, levitando a pocos centímetros del suelo.

--¡Dios mío!—exhaló preso del pánico.

Se precipitó dentro de su coche y cerró la puerta  con fuerza, miró por el retrovisor y vio como el ser continuaba avanzando hacia él, miró las fotografías de sus hijas y pisó el acelerador hasta que el gemelo de su pierna se tensó hasta dolerle.

Una vez el vehículo comenzó a avanzar, el ser se detuvo, quizás desistiendo en su empeño por atraparle o algo peor.

--Virgen de la montaña, protégeme—clamó Esteban en un llanto de terror.

Mantuvo la velocidad hasta que vio las primeras casas de Cáceres y una señal le recordó que debía ir a cincuenta por hora, allí se sintió a salvo, pues era le urbe, el sitio donde había crecido y, aunque las calles estaban vacías, sabía que, de encontrarse de nuevo con aquel ser, podría pedir ayuda, clamar para que al menos algún vecino se asomara a la ventana, llegó a su barrio, aparcó frente a su casa y entró en ella todavía con el corazón en un puño, con sus llaves casi escapando de sus temblorosos dedos y olvidando las muestras de plástico en el maletero de su coche.

Su mujer y sus hijas, como era lógico, todavía dormían, le tranquilizó verlas allí, cada una en su cama, y su mujer en la de matrimonio, soñando inocentemente.

Sabía que no podría dormir en toda la noche, ya que en su cabeza habitaban ahora miles de preguntas. ¿Qué era aquel ser? ¿Qué quería? ¿Y qué hacía allí parado?

¿Acaso le estaba esperando?

Aquella pregunta le heló tanto la sangre que sintió que necesitaba algo para calentarla, y se sirvió un vaso de whisky doble para hacerlo, pensando en que tendría que contárselo a su mujer, en la persona que más confiaba, pero nada más, nadie le creería, se reirían de él, y sus hijas no tenían necesidad de pasar miedo con esa historia.

Necesitaba sentir la presencia de su esposa a su lado, aunque fuera sin tocarla para no despertarla, se desnudó y se metió en la cama, a pesar de que creía que lo vivido no le permitiría dormir, no tardó en conciliar el sueño, posiblemente a causa del alcohol.

Le despertó una luz, y lo primero que pensó fue, “Ya es de día”, inmediatamente se acordó del encuentro con ese ser imposible de la noche anterior, en su cabeza estaba lejano, como si hubiera sido un sueño, y tuvo la impresión de que así era.

Pero algo iba mal, no conseguía mover un solo músculo de su cuerpo. ¿Qué le estaba pasando?

Abrió los ojos y quiso gritar. ¡Era ese ser!, estaba allí, y no estaba solo, otros sujetos, idénticos a él, estaban en su dormitorio.

Quiso gritar, pero no pudo, su rostro era una contorción de terror.

Los seres, distribuidos por su dormitorio, parecían observarlo todo, dos de ellos levitaron, acercándose a la cama, y, horrorizado, Esteban vio como uno de ellos extendía sus cilíndricos brazos por encima de su mujer. Esta vez quiso pedirles, suplicarles, que no le hicieran nada a ella, que, lo que Dios quisiera tenían planeado, se lo hicieran a él, por muy horrible que fuera.

El cuerpo de su mujer comenzó a levitar sobre la cama mientras un extraño zumbido llenaba la habitación, el ser levitó, moviendo el femenino cuerpo hacia la puerta, como un marionetista que moviera su muñeco, y el muñeco era el cuerpo, inerte, quizás muerto de su esposa.

Llorando de rabia y pánico, vio como sacaban a su mujer de la habitación como unos médicos que manejan a un enfermo en una camilla, después solo quedó uno de ellos, el cual parecía mirarle, y Esteban, sin saber porque, adivinó que era el mismo que había visto en la carretera, el cual salió despacio, flotando, del dormitorio.

Durante al menos diez minutos más estuvo sin poder moverse, después la habitación fue iluminada por luces de miles de colores que provenían de la calle, y que fueron acompañadas por un violento zumbido que hizo temblar todos los cimientos de la casa y haciendo que algunas fotografías cayeran al suelo, entonces, solo entonces, pudo moverse, sentía los miembros entumecidos, como si se le hubieran dormido, pero consiguió salir de la habitación gritando el nombre de su esposa, esperando verla aparecer y rezando para que todo aquello fuera una broma, un broma pesada, si, pero al fin y al cabo, una broma, ya se enfadaría después con quien tuviera que enfadarse.

Su mujer no estaba en ningún lugar de su casa, ni en el baño, ni en la cocina, ni en el salón, revisó hasta el último armario de su casa, pero no dio con ella.

De pronto, se acordó de sus hijas, ¿Quizás aquellos seres se las habían llevado también?, corrió hacia el dormitorio y entró sin llamar, el ver las camas vacías hizo que le faltara el aire, tenía la impresión de que iba a tener un infarto, corrió hacia el baño que las pequeñas tenían en su habitación, pero también estaba vacío, allí no había nadie, y las camas estaban desnudas de sábanas, que reposaban en el suelo.

Aterrorizado, decidió salir a la calle, ya no le importaba que le creyeran o no, solamente quería, necesitaba pedir ayuda, que viniera la policía, quien fuera que pudiera arrojar alguna luz en todo aquel horrible asunto.

Salió a la calle sin vestir y gritando como un loco.

--¡Socorro!—gritó--¡Socorro, se han llevado a mi familia!

Algunas luces del vecindario se encendieron.

--¡Los extraterrestres se han llevado a mi familia!

Corría por la acera, hasta que giró hacia la calzada, esperando que, si alguien salía curioso, le viera y pudiera acudir en su ayuda, a la vez miraba al cielo, como si esperase ver en qué clase de aparato se habían llevado a su esposa e hijas, quizás por eso no vio las luces de la furgoneta que avanzaban hacia él por en medio de la carretera sin poder frenar a tiempo.

 

--Cariño, cariño, despierta.

Abrió los ojos sobresaltado y vio el rostro de su esposa, lo acarició como si no pudiera creerse lo que estuviera allí, a su lado, lo primero que quiso decir era “¿Estás bien?”, pero lo que hizo fue preguntar por sus hijas.

--¿Las niñas?—dijo su mujer—Pues durmiendo. ¿Donde quieres que estén?

Saltó de la cama y corrió hacia el dormitorio, allí estaban, arropadas con sus sábanas, durmiendo plácidamente, el gesto le hizo reírse, todo había sido un estúpido y absurdo sueño.

Volvió a su dormitorio y se abrazó con tanta fuerza a su esposa que esta se quejó de un dolor en el cuello.

--He tenido un sueño horrible—dijo.

--Luego me lo cuentas—dijo ella—Ahora tenemos que trabajar.

Él asintió, mirando el reloj despertador, el cual todavía no había sonado, se levantaron y despertaron a sus hijas, después desayunaron en silencio, Esteban no creyó importante, ahora que todo había pasado, contarles aquel sueño que ya sentía como estúpido, una vez recogieron todo de la mesa, se pusieron sus uniformes naranjas y salieron.

El cielo estaba más rojo de lo normal, se pusieron en la fila y esperaron a que les pusieran las cadenas en los tobillos, después caminaron despacio, en un grupo de al menos mil personas, hasta la entrada de la mina, donde, bajo la mirada de sus jefes, hombres con cuerpo cónico y metálico, con una cabeza ovalada que no dejaba ver ninguna facción y que levitaban a pocos metros del suelo, vigilaban para que ninguno se ralentizada en su trabajo, con pistolas que eran capaces de desintegrarlos en un segundo y sin quitarles la mirada de encima, ni siquiera sentían piedad por sus hijas, las cuales recogían el mineral con sus pequeñas manos, haciendo esfuerzos sobrehumanos.

--Anoche soñé que tenía una vida diferente a esta—comentó él mientras empujaba la vagoneta hacia dentro de la mina.

--Eso soñamos todos, cariño—dijo su mujer entregándole una sonrisa.

Él le devolvió la sonrisa, ella y sus hijas eran las que le deban fuerzas para no rendirse.

--Pero solo son sueños, corazón—terminó ella.

Esteban empujó con más fuerza su vagoneta cuando pasaron por al lado de uno de los jefes, su esposa tenía razón, solamente eran sueños, la realidad era aquella y lo único que podía hacer era conformarse con lo que había.

De todas formas, siempre había sido así, por mucho que soñara otra cosa.