La pregunta número siete

12.05.2013 16:29

 

 

La cola de gente llegaba hasta donde se perdía la vista, a través de la acera mojada y doblando la esquina más cercana, por suerte ella había tenido la sensatez de acudir allí bastante temprano, cuando apenas había amanecido y solo había dos personas por delante de ella, había estado allí de pie, viendo como la fila de gente aumentaba tras ella, hasta que una chica rubia y joven había abierto la puerta.

Aquel, pensaba Clara, era el trabajo de su vida, buscaban alguien  joven, ella tenía treinta años, que supiera idiomas, ella había acabado un curso de inglés y estaba cursando otro de Alemán, con buena presencia, y ella no era ni gorda ni delgada, no era algo que fuera diciendo por ahí, pero  consideraba que estaba bastante buena en cuanto a físico se trataba.

Sabía que aquella era su oportunidad, y estaba dispuesta a todo por conseguir aquel trabajo a cualquier precio.

A las nueve de la mañana, la primera persona entró con una sonrisa de oreja a oreja y con una carpeta donde guardaba fielmente sus currículos, la chica de la puerta le sonrió y la indicó que debía subir unas escaleras hasta el primer piso, allí le esperaría el tipo que con quien tendría la entrevista.

Pasó una hora, casi dos, la rubia se llevó la mano a su oreja y asintió, Clara frunció el ceño, aquella empresa era tan adinerada y tenía una imagen tan sofisticada que allí estaba aquella mujer, con un pinganillo en su oreja para comunicarse con sus jefes.

Entró el siguiente, Clara sintió como el corazón se le aceleraba, ella sería la próxima, sacó un pequeño espejo de su bolso y se preocupó de que su peinado fuese perfecto, su cara estuviera limpia, se miró el conjunto que llevaba una blusa con una americana encima, una falda y unas medias que había comprado el día anterior, todo menos la blusa era de un gris protocolario, creía que había aceptado con aquel atuendo.

Pasó otra hora y la rubia volvió a llevarse la mano a su oído, Clara casi temblaba por los nervios, la mujer se acercó a ella y le habló con una melodiosa voz.

--Puede pasar, señorita—le dijo—Suba las escaleras hasta el primer piso.

Clara casi echó a correr hacia dentro, pero debía contenerse, caminó por el hall hasta las escaleras  y subió, sus zapatos de tacón resonaban en todo el edificio y un ambiente fresco se sentía alrededor.

Cuando llegó a la primera planta vio a un hombre vestido con un raje gris, pelo negro perfectamente peinado y rostro serio, muy serio. Tenía las manos delante de su paquete como si esperase el chute de un futbolista y Clara tuvo la sensación de que debía regatear con él para entrar. Ese tipo era el San Pedro que iba a abrirle las puertas del cielo, aunque bien podía ser el Caronte que la llevase hasta el averno.

--Buenos días—le dijo con voz grave al verla—Mi nombre es Víctor Plaza, voy a entrevistarla.

--Yo soy Clara López—dijo ella estrechando la fría mano del hombre.

--Entré por aquí, por favor.

Entró primero, seguida de cerca por aquel tipo, caminó por un pasillo de paredes blancas y vio como este se abría en otra habitación, también blanca, con una mesa y dos sillas, sobre esta había un teléfono color negro, nada más, ni un ordenador, ni una placa con el nombre Víctor Plaza.

Aquello le extrañó, ¿Dónde estaba el nombre de la empresa, el logotipo? Todo era una pared blanca, como si hubieran estirado una sábana sobre ella, ni siquiera había algún diploma que acreditase los estudios y conocimientos de aquel hombre. Tampoco había ventana alguna que diera al exterior, ni un mueble por pequeño que fuera.

--Siéntese—le animó el hombre.

Clara se sentó juntando las piernas vestidas con falda y medias nuevas, vio como el hombre tomaba asiento delante de ella y le sonreía, aquella sonrisa, por alguna razón, le hizo tener miedo.

--Bueno—dijo el hombre--¿Ha esperado mucho?

Clara le miró, le dolían los pies de esperar.

--No mucho—sonrió.

--¿Ha traído currículo?

--Claro.

Le tendió el currículo, encuadernado con pastas color naranja claro, y el tipo lo abrió despacio, como si fuera el mapa de un tesoro, lo observó fijamente, no movía los ojos, por lo que Clara intuyó que no lo estaba leyendo.

--Es un currículo brillante—dijo el hombre asintiendo.

--Gracias.

Víctor Plaza se inclinó y abrió un cajón, sacó un folio con letras negras escritas y se lo tendió, también le dio un bolígrafo.

--Necesito que rellene este formulario—le dijo sin borrar la sonrisa de su cara—Tan solo le llevará unos minutos.

Miró su reloj con un gesto fingido de curiosidad.

--Ahora vuelvo—dijo levantándose como si hubiera recordado algo de improviso.

Clara le vio salir. ¿Hacia dónde? Ni en aquella habitación ni en el pasillo blanco había puerta alguna, tan solo podía caminar hasta la salida.

Intentó centrarse en el formulario, agachó la cabeza sobre él y vio que estaba escrito a máquina, algo que la desconcertó.

Las típicas líneas donde debía escribir su nombre tampoco estaban.

--¿Es que esta gente no conoce los ordenadores?—pensó con una sonrisa.

Estaba nerviosa, pero solo era eso, la sensación funesta que había sentido, el que no supiera siquiera el nombre de la empresa que estaba intentando contratarla, eran detalles sin importancia.

O al menos eso creía hasta que comenzó a leer las preguntar que debía responder.

“Pregunta 1”-Leyó “¿Si tendría que elegir la forma en que moriría? ¿Cuál sería?”

Frunció el ceño. ¿Qué clase de pregunta era aquella? ¿Qué empresa se atrevía a entregar a sus empleados un cuestionario de aquella clase?

Se recompuso como pudo, quería pensar que aquel test tendría un trasfondo psicológico, que aquellas preguntas servían para desentrañar algo de su personalidad que ni siquiera ella sabía,  volvió a concentrarse y vio que tras la pregunta había varias opciones.

“A: Por disparos de bala”. Leyó de nuevo. “B: Atropellada, C: Defenestrada desde una ventana, C: Otras (Indique cual)”

Miró hacia el pasillo ¿Acaso aquello no sería una broma pesada?

Suspiró profundamente y estuvo a punto de levantarse y marcharse, no tenía la menor idea de cómo contestar a un cuestionario así, pero al menos debía intentarlo.

--Si no me hiciera falta el trabajo—pensó.

Se inclinó sobre el papel y marcó la opción “c”, debajo escribió.

“En paz con los míos”

Miró la respuesta, preguntándose si había respondido correctamente, pero estaba segura de que sí. Y continuó leyendo.

“Pregunta 2, ¿Si tuviera que elegir entre salvar a su padre o a su madre? ¿A quién elegiría?”

El bolígrafo escapó de sus manos como si de repente le diera calambre, sin duda aquel test iba a quedar grabado en su cabeza por el resto de su vida, para más inri, tan solo había dos opciones, no podía elegir a los dos.

Aquella pregunta, para ella, era imposible de responder, así que decidió hacerla al azar y marcó su madre, después se sintió como si hubiera condenado a su padre a morir, ¿Por qué? Aquello solo era un test, algo ficticio, no debía olvidarlo.

“Pregunta 3, ¿Escoja entre una de estas ciudades a la cual le gustaría viajar?

Sonrió. ¡Por fin una pregunta normal!, miró las opciones que había escritas debajo.

--Sao Paolo, Costa de Marfil, Londres.

Respondió sin dudar, Londres, aquellas personas habían pedido una persona que supiera inglés, sin duda para que, si era contratada, viajase y se codease con miembros internacionales, de ahí la razón por la que aquella pregunta estaba en aquel test, tan solo podía tener una respuesta válida.

Más animada y optimista, continuó rellenando el cuestionario.

“Pregunta 4”. Leyó en voz muy baja” ¿Si tuviera que emputarse un miembro completo del cuerpo? ¿Cuál elegiría?”

Soltó el cuestionario y el bolígrafo y se levantó, repentinamente nerviosa, se asomó al pasillo esperando ver a aquel tipo y comentarle lo molesto que era aquel test tan macabro, por muy psicológico que fuera, quería decírselo aunque la echara fuera y se acabase la entrevista ¿Qué tipo de gente trabajaba allí?

En el pasillo no había nadie, salió fuera y vio el portal vacío, era como si la hubieran dejado sola  en todo el edificio, ante aquellas siniestras preguntas.

Volvió dentro malhumorada, tenía la sensación de que estaba sudando, pero tenía frío, caminó por la habitación de un lado a otro, al menos hubiera esperado una ventana que le hiciera sentir menos indefensa de lo que se sentía.

Volvió a la mesa y, de pie, continuó leyendo el test.

“Opción A, una mano, Opción B, una pierna”

No había más opciones.

--Mierda—farfulló.

Se sentó y, como antes había hecho, la marcó al azar, una pierna.

Pegó su torso al respaldo de la silla y suspiró profundamente, si aquel hombre hubiera aparecido en aquel momento, se hubiera disculpado y se hubiera ido.

“Pregunta 5, ¿Si tuviera que cortar algo resistente, que herramienta elegiría?”

--Bueno—pensó—Esta parece ser una pregunta más normal.

“Opción A: Un cuchillo. Opción B: Una sierra eléctrica”

Eligió la B, pensando que la empresa esperaba ver en aquella pregunta su iniciativa y su inteligencia ante los problemas que podrían presentarse en un futuro.

Se apartó un mechó de su frente y lo notó mojado, sin duda estaba sudando.

 “Pregunta 6. Indique su estado. A, soltera, B, casada, C, vivo en pareja, D, casada con hijos, E, Otro (Indicar)

Marcó soltera, era la verdad.

--Bueno—dijo—Solo queda una.

“Pregunta 7…”

Giró el folio y lo encontró completamente en blanco. ¿Dónde estaba la pregunta 7? Quizás fuera una errata, o se habían olvidado de escribirla, de todas formas, dio el test con concluido.

En ese momento, el teléfono que había sobre la mesa sonó con un “bip, bip, bip” y la sobresaltó, miró a su alrededor, como si esperase encontrar allí a alguien, miró hacia el pasillo, no había nadie, el teléfono continuaba sonando. ¿Acaso aquello era otra prueba?  No podía asegurarlo, así que optó por no responder, estaba claro que aquella llamada no era para ella, tras un minuto, el teléfono calló.

--Espero que venga alguien pronto—dijo, deseando terminar con aquella extraña entrevista.

Dejó el test y se alisó la falda y la blusa, sacó de nuevo el espejo y volvió a preocuparse por su cabello, en ese momento el teléfono volvió a sonar, estaba tan concentrada en su peinado que lo cogió como si estuviera en su casa, antes de que se diera cuenta de su atrevimiento se llevó el auricular a la oreja, de todas formas, sentía que ya no quería aquel trabajo por muy bien pagado que estuviera.

--¿Sí?—preguntó.

Al otro lado sonó una voz que le heló la sangre, una voz que parecía más una cacofonía que otra cosa, distorsionada para que no pudiera adivinar a quien pertenecía.

--¿Ha terminado el test?—le preguntó.

--Si, pero…

--Cójalo y vaya a la habitación que hay al lado—le interrumpió la voz—La entrevista está a punto de terminar.

Se quedó paralizada con el aparato en la mano y se sintió enfadad de repente, pero ya estaba acabando, entregaría el test y se marcharía, si la llamaban para trabajar podría dar alguna excusa si el trabajo no le interesaba.

Cogió el test y se levantó, salió al pasillo y caminó hasta otra puerta, que vio abierta, dentro, todo estaba casi a oscuras, pero adivinaba que estaba en otro pasillo idéntico al anterior.

Una voz llegó desde algún lugar.

“Entre y deposite el test sobre la mesa”

Entró y llegó hasta otra habitación de color blanco, allí había una mesa cuadrada, sin sillas ni nada encima, dejó allí el test y la voz la sorprendió de nuevo.

“Entre por la puerta que tiene en frente”

Abrió la puerta y entró, una vez allí se quedó paralizada y su corazón se sobrecogió de terror.

Aquello era una habitación con un suelo de pequeñas baldosas blancas y un desagüe en medio, lo que más le aterró fue ver a varias personas sentadas en sillas de metal y con la cabeza cubierta por capuchas.

Frente a ellos, en el suelo, había una sierra mecánica, tras ellos, una puerta de metal parecía soldada a la pared.

--¿Qué es esto?—preguntó con la voz entrecortada.

Se giró y abrió la puerta, o al menos lo intentó, esta estaba cerrada con llave, con todo el cuerpo repleto de terror y espanto, comenzó a golpearla con los puños cerrados.

--¡Por favor!—gritó--¡Déjenme salir, por favor, no quiero seguir aquí!
Pero la voz sonó tajante y todavía más aterradora.

“Escuche atentamente”. Dijo “Tiene que responder a la pregunta número siete”

Clara se giró despacio, allí estaba la pregunta número siete. No era ningún error del cuestionario, la pregunta siete era la prueba final.

“Si tuviera que matar a alguna de estas personas”. Dijo la voz “¿Cuál sería?”

Clara observó a aquellos pobres infelices, todos parecían tener la misma edad, y todos parecían ser de sexo masculino, aunque con aquellas capuchas de tela blanca cubriéndoles la cabeza no habría podido adivinar apenas nada sobre ellos.

Sacudió la cabeza horrorizada.

--¡No!—gritó--¡No quiero hacerlo! ¡Déjenme ir!

“Tan solo responda a la pregunta”. Dijo la voz “Y podrá marcharse”

Clara bajó la cabeza con las mejillas mojadas por el llanto, pudiera ser que aquello fuera una prueba para probar su templanza, su resistencia ante situaciones límite, pero ¿Por qué aquel espectáculo? Aquello era demasiado para ella, para ella y para nadie, se giró de nuevo y comprendió que su única escapatoria era responder a la pregunta, después saldría de allí y correría a la primera comisaría que encontrase a denunciar a aquellos maniacos.

Vaya si lo haría.

--Al primero por la izquierda—dijo al azar—A ese, ahora déjenme ir.

“Muy bien”. Dijo la voz. “Hágalo”

Clara abrió los ojos desmesuradamente y negó deprisa con la cabeza.

--¿Qué?—se sorprendió--¡No! ¡No pienso hacerlo, malditos locos! ¡Quiero salir de aquí! ¡Ahora!

Al fondo de la habitación la puerta de hierro se abrió y dos tipos aparecieron, eran altos y gruesos, vestidos de traje y con gafas de sol, cada uno se colocó a un lado de la puerta, como una amenaza para ella si decidía intentar escapar.

“Hágalo”. Dijo la voz “Si quiere el trabajo”

--¡Ya no quiero el trabajo!—exclamó Clara.

La voz pareció subir millares de decibelios de volumen.

“Hágalo”. Dijo “U ocupará el lugar de uno de ellos”

Aquella amenaza le heló cada glóbulo rojo de su sangre y erizó su cabello, se repitió una y otra vez que aquello no podía estar pasando, ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué fin tenía aquella masacre?

¿Serían capaces aquellos tipos de cumplir su amenaza?

Miró a los dos tipos y después a la víctima que había elegido, bajó la mirada al suelo y se sintió sucia por fuera y por dentro, ella una mujer que se consideraba atractiva, que sabía inglés y Alemán, que había estado esperando un trabajo como aquel toda su vida.

De repente, rompió a reír a carcajada limpia, una risa que llenó toda la habitación.

 

En un estrecho callejón, una puerta de metal se abrió, de ella salió uno de los tipos con gafas oscuras y traje, caminaba tranquilo a pesar de que una gota de sangre había manchado su impecable vestimenta.

Tras él, Clara salió despacio, tenía la mirada perdida, el pelo despeinado y la boca seca, miró el exterior como si hiciera años que no lo veía, que no sentía el aire fresco ni el sol en su rostro.

Víctor Plaza estaba esperando entre dos contenedores, se acercó a ella despacio y sonriente, la mujer le miró.

--Hola—saludó el hombre.

Clara le sonrió al verle, fue una sonrisa que mostraba que ya no quedaba nada de la mujer que había entrado en aquel edificio horas antes.

--¡Hola!—saludó--¿Te… tengo el trabajo? ¡Por favor, diga que si! ¡Necesito este trabajo!

--Claro que si—dijo el hombre.

Clara se arrodilló ante él sin importarse su falda ni sus medias nuevas, de todas formas, toda su ropa había sido manchada de sangre, como su cara y su pelo.

--¡Gracias, muchas gracias!—dijo--¡No les defraudaré!

El hombre le ayudó a levantarse.

--Ha aprobado de lleno—le dijo—Vamos, firmaremos el contrato ahora mismo.

La acompañó hasta la salida del callejón, allí, una furgoneta color negro les esperaban, alguien abrió la puerta lateral desde dentro y subieron, el motor arranco a la primera y el vehículo se alejó de allí a velocidad moderada.

Al otro lado del edificio, la mujer de pelo rubio llevó su mano al pinganillo de su oreja y asintió, después se acercó al siguiente candidato y, con una seductora sonrisa, le animó a entrar.