La paciente XIII

16.12.2013 13:35

Las risas, que resonaban como maléficas en los corredores, los gritos y algunos golpes cuyo origen era un misterio, era lo único que parecía habitar en el manicomio de Santa Águeda, cuando se pensaba que aquellos sonidos provenían de seres humanos, uno tan solo podía estremecerse.

 

Pero lejos de tener miedo, el doctor Oscar Aguado sentía ilusión, tras muchas llamadas, antiguos favores devueltos y bastante “peloteo”, por fin había conseguido una cita con la paciente 13, un raro espécimen de locura que un psiquiatra como él no podía dejar escapar. Ella era el colofón de su ensayo sobre los terrores nocturnos, las pesadillas y el SMSNI, el síndrome de muerte súbita nocturna inesperada, cuyos síntomas eran de los más extraños, como sentir un peso masivo sobre el pecho y soñar con un demonio o duende de forma maléfica, llegando incluso la persona a morir.

El dichoso síndrome había sido propio de sujetos orientales, la antropóloga Shelley Adler sostenía que muchos de los casos se debían a la creencia en el “Dab tsog”, una especie de íncubo de la etnia de los Hmong, los mexicanos hablaban de “la subida del muerto” y los más modernos metían a los hombrecillos verdes de por medio.

Pero lo que más le inquietaba a Oscar era que había encontrado a un paciente, una mujer en este caso, que aseguraba que había sobrevivido al síndrome, aunque Oscar intuía que lo que la paciente 13 tenía era más locura que enfermedad, la mujer aseguraba  que había visto al supuesto ser que había querido asfixiarla, llegando incluso a tocarlo, después, durante varias noches, la cosa había llegado a más, la paciente juraba y perjuraba que esperaba una criatura del monstruo que la atormentaba por la noche.

Si, el caso estaba algo lejos de los terrores nocturnos, pero ¿Qué psiquiatra, científico o simplemente curioso podía resistirse a él?

 

El Ford sierra blanco franqueó la verja del recinto y un guardia de seguridad le dio un alto, Oscar le enseñó su acreditación y le dijo con tranquilidad que tenía una cita con el doctor Trujillo, el guardia fue a comprobarlo, lo que le llevó casi cinco minutos.

Oscar miró el edificio, tiempo atrás había sido un gran hotel que, después de ser destruido en un incendio, había sido reformado para convertirse en el manicomio que era hoy, con rejas en las ventanas y cámaras en cada rincón, Santa Águeda era todo un referente en clínicas psiquiátricas.

Vio una silueta femenina en una de las ventanas, una mujer rubia, alta, a pesar de la distancia le pareció una mujer bella, quizás demasiado para estar allí dentro. ¿Sería su paciente?

Tras dejarle el guarda entrar, aparcó en el primer sitio libre que vio.

 

Nada más bajar de su coche vio a un hombre rollizo y bajo salir del edificio con una bata blanca, era el doctor  Trujillo, al verlo así, a Oscar le pareció una bola de nieve que avanzaba hacia él.

Trujillo, Gabriel Trujillo, doctorado en antropología y psiquiatría por la universidad de Valladolid, era lo que muchos denominaban un “cachondo”, y Oscar Aguado lo sabía a ciencia cierta, dos veces se había encontrado con él y dos veces habían acabado corriéndose una buena juerga, Trujillo era bueno en su trabajo, siendo el mejor en él, y también era el mejor a la hora de divertirse.

--¡Oscar!—exclamó al verlo--¡Cuánto tiempo!

--Gracias por dejarme ver a la paciente—dijo él.

Trujillo le hizo un gesto para que le siguiera adentro, cada vez quedaba menos para ver a la susodicha paciente y, curiosamente, se sentía nervioso.

El interior del hospital se revelaba viejo, con las paredes pintadas de un verde aceituna que había estado allí años, siendo testigo de muchas locuras, había algunas sillas de plástico a los lados y tubos fluorescentes lo iluminaban todo, dando a aquel ambiente un aire más tétrico si cabía. Las habitaciones estaban franqueadas por puertas de metal que prometían ser lo suficientemente férreas para que lo que guardaran no escapara, en ellas había números romanos pintados de negro, no había nada más, ningún nombre, nada que pudiera identificar u otorgar distintivo alguno.

Allí tan solo había locos.

--¿Que puedes decirme de la paciente?—le preguntó, como escarbando en el terreno.

--Nada que no viniera en el informe que te envié por e-mail—dijo Trujillo—Cree y está completamente convencida de que un diablo la preñó.

--¿Y es cierto?—dijo él sin evitar sonreír.

--Si, desde su punto de vista.

--¿Embarazo psicológico?—frunció Oscar el ceño--¿En serio?

--Exacto.

Se detuvo ante la puerta con el número XIII escrito, paciente XIII, puerta XIII, y abrió una mirilla en forma de rendija.

--Espero que te guste el arte—le dijo haciéndole un gesto para que se asomara.

Al principio creyó que la paciente había pintarrajeado en las paredes presa de su delirio, después vio que eran dibujos, todos ellos hechos con tina roja, y todos mostraban lo mismo, por si acaso tenía dudas, el doctor Trujillo se encargó de disiparlas.

--Es el “Demonio” que la violó—dijo.

Se puso delante de él y abrió la puerta, entró y le animó a seguirle.

--Entra, entra—dijo animadamente—Es inofensiva, no te preocupes.

Oscar Aguado miró los dibujos, era un rostro de ojos grandes, peludo, con una boca dentada, parecía salido de un film de serie B de los ochenta, después miró a la paciente, estaba agachada en un rincón, con una bata del centro, y, por supuesto, dibujaba otro retrato del ser.

--¿No dice nada?—preguntó.

--Solo dibuja—dijo Trujillo.

Se inclinó hacia ella y vio el vientre hinchado, sin duda parecía una tripa de ocho meses, pero no era la primera vez que veía un embarazo psicológico.

--He venido para nada—pensó.

Iba a exponerle sus quejas a Trujillo cuando le vio acercarse a la paciente, quizás porque no quería que se marchase con las manos vacías, quizás, y era la hipótesis más probable, para hacer la gracia, se inclinó delante de ella como si lo hiciera delante de alguna de sus nietas y habló con voz melodiosa.

--Clara ¿Puedes mirarme? Ha venido un señor a verte. ¡Mira!

En ese instante, la paciente le miró, giró su cabeza con rapidez y clavó en él una mirada gélida, Oscar retrocedió, a pesar de que no era un hombre miedoso, aquellas dilatadas pupilas le hicieron sentir como si algo superior a él le mirase, algo que pudiese traspasarle el cuerpo hasta el mismo alma.

La mujer cogió su dibujo y se lo tendió con un decidido movimiento de su brazo, Oscar lo cogió y lo observó dubitativo, era casi idéntico a todos los demás, el mismo rostro demoniaco que bañaba la pared.

Entonces escuchó su voz, una voz que le pareció indescifrable, no podía decir si era de hombre o de mujer, algo ronca, algo grave, con algunos agudos y quejumbrosa.

--Ya está cerca, ya está cerca.

--¡Vaya!—exclamó Trujillo--¡Hacía tiempo que no abría la boca! Debe ser que las visitas le sientan bien.

Oscar solo puso sonreír, pero quería largarse de allí, y quería hacerlo ya, una sensación de malestar le había invadido de repente, como un mal presagio, como si el mayor de los gatos negros se hubiera cruzado en su camino.

--Tengo que irme—alegó.

Salió de la habitación, seguido por la mirada de la paciente, Trujillo le siguió y cerró la puerta tras él.

Caminaba por el pasillo con el rostro blanco como la cal y todavía con el dibujo en la mano.

--Vamos a tomar un café—le dijo Trujillo.

--Si—dijo él—Un café me vendrá bien.

Pensó en el resultado de aquella visita, no tenía gran cosa, pero podía valerle para añadir las últimas páginas a su libro, además de aquel dibujo, el cual dobló y guardó en su bolsillo.

Cada vez se alejaban más de la habitación XIII, ya casi estaban a punto de doblar la esquina cuando escucharon el grito de la mujer, fue un grito desgarrador que le sobrecogió.

--¿Qué es eso?—preguntó aún sabiendo la respuesta a aquella pregunta.

Gabriel Trujillo volvió la cabeza, parecía indeciso, después le miró y le dio una palmada en la espalda como única despedida.

--Nos vemos—dijo mientras echaba a correr por el pasillo. Ya sabes cómo se sale. ¿No?

Oscar asintió, pero no se movió, los gritos se acentuaron hasta volverse casi histriónicos, por alguna razón no podía moverse.

Dos hombres vestidos de bata blanca, seguramente celadores o enfermeros, pasaron por su lado corriendo, ignorándole,  tras ellos, otro más delgado empujaba una camilla.

Oscar observó el fondo del pasillo estupefacto, los gritos continuaban, bañados en dolor, no sabía si salir corriendo, algo que su razón le pedía a gritos, o ir y prestar su ayuda, y optó por lo primero, corrió por un laberinto de pasillos, todos iguales, y mientras lo hacía los enfermos de aquel lugar empezaron a gritar, como contagiados por la pesadilla de la paciente.

Estaba atrapado allí, o al menos eso era lo que sentía, deambulando desorientado, buscando la salida de ese infierno.

Llegó a otro pasillo y la paciente pasó por delante de él, iba sobre una camilla, rodeada por Trujillo y los tres hombres, y continuaba gritando, gritaba de dolor, un dolor que solo podía deberse a que aquel embarazo, supuestamente imaginario, llegaba a su fin.

Vio como se alejaban de él y la metían en una sala con la inscripción “Clínica” en ella, giró la cabeza y vio el cartel que le indicaba la salida, era como si hubiera surgido de la nada, pero allí estaba, su salvación.

--Al fin—exclamó.

Corrió hacia ella, estaba a punto de posar su mano en el picaporte cuando escuchó el grito que sobresalía sobre todos los demás, se volvió aterrado y, acompañando al alarido, un sonido que le heló toda la sangre del cuerpo.

--¿Que ha sido eso?—se preguntó angustiado—Sonaba como algo desgarrándose.

La puerta de la clínica tembló, como si alguien intentase abrirla desde dentro.

--¡No! ¡No, por favor!

Era la voz de Gabriel Trujillo, y sin duda había miedo en aquellas palabras, le siguieron muchos gritos, golpes que no pudo descifrar, después todo quedó en silencio.

 

De nuevo, no sabía qué hacer, tenía dos opciones, huir o acercarse a aquella puerta y averiguar qué demonios ocurría.

Su escepticismo le repetía que no podía ser nada fuera de lo común, no existían las historias de íncubos ni de duendes malignos, pero había una parte de él que le susurraba lo contrario, como una pequeña voz en el fondo de su cabeza, como si también estuviera loco y ya formara parte de aquel lugar.

--¡Que cojones!—exclamó.

La curiosidad era más fuerte que cualquier otra cosa, se acercó a la puerta y la abrió despacio, tan solo quería asegurarse de que todo iba bien, preguntaría si podía ayudar en algo, por pura cortesía, y después se marcharía.

Lo primero que vio fue el torso de Trujillo, solo eso, pues sus piernas estaban en otro lugar, pero el torso estaba apoyado en la pared, con la mirada perdida en el vacío.

--¡Cielo santo!—exclamó.

Toda la habitación estaba repleta de sangre y vísceras, en el centro estaba la camilla, miró a la paciente XIII sobre ella, lo que había salido de su interior lo había hecho abriéndola de golpe, destripándola, desgranándola como una sandía que hubiera explotado de dentro a fuera, sus brazos y piernas estaban estirados a los lados, era como una gran “X” de carde y redaños viscosos.

Abrió un poco más la puerta y vio otro cuerpo, pero ya no pudo siquiera moverse, no al ver lo que había sobre el cadáver.

Comprendió lo que allí había ocurrido, cerró despacio la puerta y caminó hasta la salida, el corazón le latía a la velocidad de la luz, pero temía echar a correr por si él le oía.

Una vez estuvo en su coche arrancó y pisó a fondo, cuando creyó estar lo suficientemente lejos de allí, paró a un lado del camino e intentó tranquilizarse.

¿Por qué seguía vivo? No podía dejar de preguntárselo, hubiera jurado que aquel ser había cruzado la mirada con él, incluso que le había sonreído mientras se alimentaba del cadáver celador.

Quizás quería que contase su historia.

 

FIN