En el rostro confiamos

02.02.2014 13:30

Corrió, todo lo que pudo y más, todo lo que su pequeño cuerpo de niño le permitió, hasta que sintió calambres en las piernas, sabía que si se detenía o aminoraba la marcha, el manto le alcanzaría, sería su perdición.

La calle parecía un cementerio, y las tumbas eran los edificios donde una vez hubo vida, rutina, felicidad, y que ahora eran esqueletos de cemento y hierros.

Miró el edificio donde vivía antes de la llegada del rostro, aquellos recuerdos eran nubosos, casi ni recordaba el tacto y el olor de su madre, lo que era ir al colegio, dos calles más abajo, o jugar en el pequeño parque que había detrás de su casa.

Por fin llegó a casa, a la que tenían ahora, donde les había asignado el rostro, en ese bunker  vivía su familia junto a otras doscientas más.

Abrió el gran pestillo que cerraba la puerta blindada de más de cien kilos y la abrió tirando de ella con todas sus fuerzas, la cerró a tiempo de ver el manto deslizarse por la calzada, bañando los edificios ya vacíos y coches abandonados, quejumbrosos, a los lados de la calle.

--¡Ya llega!—gritó para que todos le oyeran--¡Ya llega!

El pasillo principal era largo y oscuro, una puerta se abrió, era la de su casa, corrió y entró a pesar de que ya en el pasillo, con la puerta cerrada, se encontraba a salvo.

Nada más entrar se arrodilló en el suelo, agotado, cogiendo aliento.

--¿Te ha alcanzado?—le preguntó su hermana—¿Te ha alcanzado?

Estaba de pie, delante de él, sin querer acercarse, en su mente todavía estaba presente la última experiencia, la vivida cuando su propia madre había entrado bañada por el manto, pero ya no era su madre, al menos no físicamente.

--No—respondió él—Estoy bien.

Se puso de pie, su hermana miraba fijamente su cuerpo de diez años, como si esperase ver algún cambio.

--Ya no saldremos más—dijo su padre.

--Pero el alimento faltará—dijo el niño soltando su bolsa.

Dentro estaba la poca comida que había conseguido, la mayoría compuesta de latas de conserva y sopa.

--Ya nos apañaremos—dijo su hermana.

El niño calló, no era momento de discutir.

Su padre se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, formando un círculo.

--¿Listos?, vamos—dijo.

El niño y la chica se sentaron en corro, de igual manera, tras ellos escucharon un gruñido, pero ahora no podía preocuparse por su madre.

Y todos comenzaron a rezar.

--En el rostro confiamos, en el rostro confiamos…

Así, repitiendo esa letanía, permanecían durante horas, a veces solo una, a veces llegaban a las cinco horas seguidas, y no podían parar, además, el rostro leía sus mentes, así que debían rezar con la mayor concentración que pudieran, de pensar en otra cosa, serían castigados por él.

El rostro sabía quién le traicionaba, quien le odiaba, y era mejor serle fiel y amarle.

Pasaron dos horas, su hermana lloraba aunque sin ella saberlo, los hombres parecían haberse acostumbrado.

La voz resonó en sus mentes, metálica, pero grave, no era la voz de un hombre, pero tampoco era la voz de una máquina.

“Podéis parad”, dijo “Pero la próxima vez rezad con más fe”

Y se marchó, ¿A dónde? Nadie lo sabía, como tampoco sabía de dónde había venido, de donde era, que era, tan solo sabían que ahora era el dueño del mundo así como el de todos sus habitantes.

La chica se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar desconsoladamente.

La voz de su madre sonó desde un rincón de la sala, vivía sumida en la oscuridad desde que el manto la había alcanzado.

--Tranquila, hija—dijo con su “boca”.

--¡Calla!—gritó la muchacha--¡Tú no eres mi madre! ¡Eres una cosa! ¡Un monstruo!

--¡No hables así a tu madre!—la regañó su padre.

La miró, pero no directamente, incluso a él, que intentaba quererla como antes, le era difícil observar aquel ser, ese rostro plano, esos ojos que eran dos bolas blancas, esos miembros encogidos…

--Anda—dijo mirando de nuevo a su hija—Haz la cena.

La muchacha se levantó molesta, cogió dos latas de sopa y las cocinó en el pequeño hornillo que tenían, que servía para cocinar a la vez que para calentarse.

El niño no hacía nada, salvo obedecer ciegamente a su padre en todo, jamás pronunciaba palabra cuando estaban dentro, salvo en contadas ocasiones, había perdido su infancia, y seguramente el resto de su vida tampoco sería cómodo.

Pero por dentro no dejaba de pensar.

--¿Por qué seguimos vivos? Solamente porque el rostro quiere, si quisiera matarnos, ya lo habría hecho, le gusta jugar con nosotros, como hizo con mamá.

La chica vertió las sopas en dos recipientes, dejó uno en el suelo y el otro muy cerca de su madre, apartada como un perro, la mujer, o lo que antes era una mujer, comenzó a comer agachando la cabeza y lamiendo la sopa, nadie la miraba, los demás comían del otro recipiente, callados, esperando la muerte.

La chica sonrió, fue una sonrisa enigmática, su hermano se dio cuenta del rostro de maldad que concibió en unos segundos, pero no dijo nada, quizás ya había perdido el juicio, después de terminar la sopa se metieron en los sacos de dormir, la noche cayó, se habían acostumbrado a dormir siendo vigilados por el rostro.

Amaneció como si el mundo fuera un lugar normal, todas las familias abrieron las puertas de sus escondites y mandaron a alguien a por comida, quizás con suerte todavía quedaba algo que cocinar en algún sitio.

La chica se despertó, no sentía dolor, no sabía si continuaba viva, pero deseó o estarlo.

--¿Por qué no estoy muerta?

Miró a su familia, su hermano estaba tal y como se había metido en el saco, su padre estaba boca arriba, ambos tenían espuma en la boca, estaban muertos.

Como si temiera ver a un fantasma, giró la cabeza para observar a su madre.

Al verla dio un grito de espanto, no porque estuviera muerta, envenenada como los demás miembros de la familia, sino porque estaba viva, y además, en medio de la noche, había avanzado hasta casi tocarla.

--¡Déjame!—gritó—¡Maldito monstruo!

--¿Por qué lo has hecho?—preguntó la mujer.

Caminó hacia ella como una mascota enferma, de su cuerpo gelatinoso caían goterones que manchaban el suelo.

--¡No!—gritó la chica--¡Déjame, aléjate de mí!

En ese momento vino el rostro, no solo su voz grave e inhumana, sino su rostro, el que le dio el nombre, que la miraba fijamente.

Aquel rostro era una visión horrible, ninguna mente habría imaginado jamás un ser así.

--¡No!—gritó la muchacha.

Era un grito de auténtico horror, de espanto, un miedo que la recorría de arriba abajo.

--Pecadora—sentenció el rostro.

Sabía lo que había hecho, como la noche anterior había echado matarratas en las sopas, con la esperanza de acabar con el sufrimiento de su familia, pero ella estaba vivía, y su madre también. ¿Por qué? Simplemente porque el rostro lo había querido así, nada escapaba a su control.

Se cubrió la cara con las manos, sabía que no podría soportar un castigo de aquel ser.

--No, por favor—suplicó—Por favor…

Se quedó así durante varios minutos, esperando morir, o dolor, o algo peor, pero al abrir los ojos se vio sola, tan solo su madre estaba arrinconada en su rincón, dándole la espalda, parecía que fuera un montón de musgo blando que hubiera surgido de la húmeda pared.

Los cadáveres de su familia habían desaparecido.

Se quedó quieta, callada, durante horas, no tenía nada por lo que vivir, por lo que luchar.

Llegó la hora del rezo, se sentó con las piernas cruzadas y comenzó la ya odiosa letanía.

--En el rostro confiamos…

Pasó media hora, una, no quería pensar en otra cosa que no fuera el rezo, por si se enfadaba, escuchó la voz del rostro en su mente.

--Podéis parad.

Se detuvo.

--Tu no.

Sabía que le decía a ella, porque tan solo ella le escuchaba en su cabeza.

--¿Qué?—preguntó confusa.

--Tu no.

Continuó rezando, estaba agotada, ¿Hasta cuándo duraría aquello?

El rostro, telepático como él solo, respondió a su pregunta.

--Estarás rezando—dijo—Por toda la eternidad.

Sintió un escalofrío, ¡Aquel era el castigo de aquella cosa! De aquel… Dios.

--No, por favor—suplicó deteniéndose.

Sintió un calambre que le invadía todo el cuerpo, la paralizó, el aire escapó de sus pulmones y supo que había llegado el momento de su muerte, pero estaba muy equivocada, de repente vio a su madre frente a ella, algo la lanzó contra la masa uniforme y viva  a su pesar, sintió el frío del cuerpo de lo que antes era una mujer.

-¡No!—quiso gritar.

Ya era tarde, estaba dentro de la masa, como si el manto la hubiera alcanzado y transformado, pero había sido orden expresa del rostro, ¡Tanto tiempo evitando el manto para acabar así!

Su madre gritó, muy cerca de su cara, estas se unieron formando algo irreconocible, inconcebible para cualquier mente humana, algo capaz de provocar locura en la conciencia más cuerda.

De repente el dolor paró, estaba sentada, ¿Sentada? ¡No tenía trasero!, ¡Ni manos, nada! ¿Qué era?

Y ya no estaba en su casa.

Frente a ella estaba el rostro.

--Servirás de ejemplo para los demás—le dijo.

Un espejo se materializó delante de ella, y por fin pudo ver su forma, aunque era su forma y la de su madre.

Ahora estaban ambas convertidas en un solo ser, un monstruo horrendo y deforme, los ojos de su madre la miraban en el espejo, quizás estaba contenta de tener a su hija junto a ella.

--¡No!—gritó horrorizada--¡Mátame, mátame!

Miles de personas pasaron por delante de ella durante muchos días,  para que pudieran ver que ocurría si se traicionaba al rostro, y los hijos de estos la vieron, y sus nietos, y los hijos de los nietos, miles de generaciones la observaron.

Aquella forma ya había perdido la razón y no hacía más que rezar la oración, un día fue humana, pero ya hacía mucho tiempo de eso, castigada en aquella forma por la eternidad, concedida con vida eterna para no poder salvarse ni siquiera con la muerte, aunque muchos pensaban que ya estaba muerta, que aquello era un  cascarón condenado en un bucle de locura infinito.

“En el rostro confiamos”